En realidad ella estaba bien; tenía su trabajo, le iba bien en la escuela y comenzaba poco a poco a frecuentar a viejos amigos que creía perdidos. Segía comiendo, segía durmiendo (aunque mucho menos), leía sus libros y escuchaba su música favorita.
La vida transcurría normal y sin contratiempos, excepto en las noches, claro. Cuando todos se iban a dormir, ella esperaba un tiempo más para asegurarse que en la casa era la única consciente, así tranquilamente se entregaba a lo único que de cierto modo la mantenía con vida: escribir.
Para ser exactos, no había pasado nada extraordinario. Sólo lo que ella sabía que iba a pasar, y por una vez lo aceptó.
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