Todo de lo cual una memoria recuerda tan solo una pequeña chispa...

lunes, 23 de diciembre de 2013

Anoche me enamoré.

En el transcurso de las horas que pasé a su lado ayer, me di cuenta de que quería extender el tiempo de nuestro encuentro, o, si no, al menos aprovecharlo hasta el último minuto. No pude hacer lo primero, aunque fueron muchas horas cuando se trata de él siempre me quedo con ganas de más. Anoche mientras estábamos en su auto afuera de mi casa envueltos en una sinfonía de Rock and Roll, me besó. Me besó como tantas veces lo ha hecho, y cada una, suene contradictorio o no es diferente. Me es inútil tratar de explicar todas las emociones que en mi provocan sus labios sobre los míos, sus manos acariciando mi cara como si yo fuera la cosa más delicada y frágil que estuviera bajo su cuidado; es inútil tratar de explicarlo pues por más que trato no lo he logrado, y probablemente nunca lo haga.
El tiempo avanzó sin piedad recortando el tiempo que nos perteneció, el reloj daba las 23:20 cuando después de mil caricias le dije con la respiración entrecortada:
­“Sólo escuchamos la siguiente canción y te vas”
Me molesta tener que decirle que se vaya, cuando lo único que quiero es susurrarle al oído “quédate”, porque sé que debemos esperar para  que luego ni la noche nos pueda separar.
“Está bien” me dijo con una mirada llena de significado y esa media sonrisa que me encanta. Como si pareciera planeado, de pronto Stairway to heaven comenzó a sonar en el estéreo del auto. Una sonrisa de complicidad comenzó a extenderse por el rostro de ambos y lentamente fue acercando su rostro al mío, prolongando el momento. Cuando sus labios estaban a un par de centímetros de los míos, le dije con voz suave “no me beses aún”. Dejé la frase en el aire; no me besó porque él entendió instantáneamente lo que yo quería decir, y logró lo que yo pretendía: Hacer el momento perfecto. Se dedicó concienzudamente a explorar el contorno de mi rostro, recorriendo mi perfil, tocando con las yemas de sus dedos mis mejillas, mi nariz, mis labios… Fue bajando por mi barbilla y siguió acariciando mi cuello deslizándose después hasta mis hombros. Me hizo sentir como si fuera eterna, tan sólo en esos cinco minutos; cuando Jimmy Page comenzó a dibujar en las ondas sonoras un majestuoso solo de guitarra me besó. El beso fue la culminación del momento, el clímax del momento previo. En ese beso le entregué todo, todo lo que hay en mí.
Tres años, y el mismo nombre grabado en mi piel. Lo amo, y no sé cuándo, y no sé dónde, y no sé nada y no me importa.
Yo sólo quiero estar con él.

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