Todo de lo cual una memoria recuerda tan solo una pequeña chispa...

domingo, 15 de febrero de 2015

Una noche

"Estás dormido, desnudo a mi lado mientras yo te contemplo estando sentada en la cama. Estás soñando profundamente, tal vez con algo agradable; se nota por lo relajada que está tu cara y en tu respiración acompasada, con tu cuerpo torcido ligeramente hacia la izquierda, el lugar que ocupaba yo antes de levantarme. Miro tu boca, tus labios gruesos están un poco entreabiertos, observo detenidamente esa dulce trampa que atrapa mis deseos y los hace crecer por todo mi cuerpo. Sigo recorriendo con mi vista tu barbilla con la barba incipiente, tu cuello, tu pecho... En este punto no puedo resistirme y levanto mi mano derecha para acariciar tu torso desnudo, tu estómago. Al sentir el roce de mis dedos abres los ojos lentamente, descubriéndome en plena exploración de ti, sonríes y vuelves a cerrarlos una vez más sin borrar la línea curva de tus labios.
De pronto ese pequeño gesto me hace bajar mi cabeza hasta que mi cara queda a la altura de la tuya y nuestros labios a una muy corta distancia, y te beso, tocando tus labios apenas. Quiero retirarme, seguir con mi apreciación de ti, pero de pronto con tus manos rodeas mi cara y vuelves a atraerme hacia ti, besándome con algo más que simple entusiasmo, y siento el sabor de tu saliva combinada con la mía. Lentamente paso mi lengua por el borde de tus labios; tú sueltas una exhalación profunda y murmuras mi nombre... Y eso es suficiente, suficiente para que se enciendan mis deseos de ti, así que comienzo a moverme más y más cerca, por que no me es suficiente acortar así la distancia, necesito algo más y sé por tu manera de besarme que tú también.
Mis manos, que se aferraron con fuerza a tu pecho comienzan a descender más y más por tu cuerpo, pasan por tu ombligo y dibujan círculos sobre él, y siguen bajando hasta llegar a la fuente visible de tus deseos, de tus ganas de mi. Mis manos, moviéndose lentamente te acarician con las yemas de los dedos y luego dejo de besar tus labios, para subir sobre ti, y beso tu cuello, tu pecho tu estómago; sigo descendiendo hasta llegar ese lugar que parece llamarme sin parar; te tomo con cuidado entre mis manos y te introduzco en mi boca muy lentamente, besándote, succionando de ti mientras tu enredas tus dedos entre mi pelo.
Me pierdo en ti, en tu sabor, en los sonidos que salen de tu boca y sé que es todo, no falta nada más para mí, ni tampoco para ti. Levanto la vista y veo tu cara, con los ojos cerrados, tu rostro en una mueca que sólo indica placer y escucho tu respiración agitada. Abres los ojos, y tu mirada es la más dulce que he recibido, la que me hace sentir segura, saber que hago lo correcto con la persona indicada para mi. Me deslizo por encima de ti hasta llegar nuevamente a tu cara y te beso, muy lentamente, tomando mi tiempo para hacerte saber que es lo que quiero y descubro que tú quieres lo mismo, por que tus manos recorren mi cuerpo, están en mi cintura y de pronto en mi cadera; me separo y con mis piernas a cada lado de tu cuerpo me levanto sobre mis rodillas moviéndome hacia atrás, justo por debajo de tu cadera. Nuevamente te tomó entre mis manos, luego con una sola mientras con la otra me apoyo sobre ti y te introduzco en la profundidad de mi cuerpo mientras cierro los ojos disfrutando la sensación de tenerte dentro.
No me hace falta decir nada más, ni a ti tampoco, tus manos siguen en mi cintura y cuando me muevo, adelante y atrás se aferran a mi con fuerza moviéndose a mi ritmo, nuestra respiración se acelera y mil sensaciones estallan desde la zona de la entrepierna a todo el cuerpo en ambos.
A pesar de todo eso, lo que me sigue llenando más es tu mirada, esa chispa que hay en tus ojos mientras te deslizas en mi intimidad, mientras tus manos recorren mis formas de mujer, mi cadera, mi cintura, mis senos... Y soy tu mujer, completamente. El roce de nuestra piel se vuelve más frecuente, más repetido en el tiempo y tus manos cubren mis pechos mientras yo emito un gemido agudo de placer, y te veo, perdido en un mar de sensaciones que provocó yo, y no puedo sentirme más feliz, o eso creo hasta que levantas tu torso, te abrazas a mi pecho y yo te beso con nuestros cuerpos fundidos. Es en este punto cuando ya no somos Mariela y Esaú en una habitación, sino que estamos perdidos en algún lugar exterior donde nadie puede escucharnos, lejos del mundo. De pronto no puedo seguirte besando, necesito gemir, liberarme y tú también lo haces, y juntos, en un mismo sentir nos dejamos ir en un orgasmo que parece no tener fin."



Esaú: Esto tiene que suceder la próxima vez que te vea.

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